CAPÍTULO 10 – RECETAS

Me receto tiempo. Tiempo para perderme y volver a encontrarme llegado el momento. Me receto soledad. Una soledad siempre necesaria para volver al origen. Me receto abstinencia. Abstinencia para dejar a un lado mis excesos. A ti, debo dejar de pensarte. Y a ti, de soñarte. Sois lo que sois: pasado. Y el pasado debe dejarse a un lado. Sin olvidarse de él porque en cierta manera te moldeó, pero dejando hueco a lo que tenga que venir después. En este mundo tan injusto que vivimos, en el que estamos rodeados de enfermedad y muerte, me he dado cuenta de que hay que aprovechar el tiempo. Que ya suficiente perdemos. Que hay que dejar de clavarse lanzas a uno mismo en el costado. Si acaso que te las claven otros. «El escritor debe dedicarse a lo que mejor se le da: escribir», dije hace poco. Y lo mantengo. En esta ocasión, el escritor se dará una tregua. Escribirá más que nunca, para sí mismo, y por un tiempo dejará de ser leído. A todo hay que ponerle un final y esta vez, es necesario parar hasta que de comienzo una nueva etapa que deba ser narrada.

CAPÍTULO 9 – CUENTO DE NAVIDAD

El 29 de diciembre fue el día que quise fuerte que el mundo se acabase. 24 meses sin Henar, y el recuerdo, aunque lejano, todavía sigue pellizcando de vez en cuando. Escucho ‘La Noyée’ de Yann Tiersen en busca del anhelo. Luego pienso que mañana acaba el contrato de Lucía, que se marcha de Madrid y que no sé cuando volverá. Me imagino que soy el protagonista de una comedia romántica. Que me planto en la estación, antes de que se vaya, y que la convenzo para que no lo coja. Luego me doy cuenta de que esa batalla hace ya mucho tiempo que se perdió y que tendré que beber al menos una cerveza más antes de conciliar el sueño. Soy perfectamente consciente de que el escritor casi nunca suele quedarse con la chica. Que el escritor debe dedicarse a lo que mejor se le da: escribir. Y de ahí sale ‘Cuento de Navidad’. Cuatro mujeres, cuatro vidas y cuatro historias. Un haz de luz entre tanta noche y oscuridad antes de que haya otra guerra en la que jugarse el tipo.

CUENTO DE NAVIDAD

Wodzińska es polaca, lleva ocho años en España y desde hace cuatro reside en Barcelona, donde intenta hacerse un nombre en el mundo del marketing. Se pasó gran parte de su adolescencia en la sala de espera de un hospital y desde entonces se ha dedicado a huir. De todo y de todos. Es extrovertida, parlanchina y sexualmente activa. Generosa, cariñosa y con el valioso don de hacer sentir mejor a alguien con el piropo adecuado. Vive deprisa, quizá porque tiene miedo de que no haya futuro o porque el que pudiera haber acabe por no merecerle la pena. Dejó una historia de amor sin terminar en Berlín y está a punto de no empezar otra con una guapa diseñadora que entró en su vida en el momento más inoportuno. Wodzińska hace una llamada y dice que se va. Le ha llegado una oferta de trabajo. No se iría muy lejos pero para ella lo importante es marcharse. La gran ciudad hace ya tiempo que le ahoga. Se llevará sus problemas en la maleta, eso seguro. Al día siguiente recibe una oferta de su antigua empresa y decide quedarse. En la vida hay que tomar decisiones, suele decirse a sí misma. De momento, seguirá dejando que otros decidan por ella.

La mirada define a Adriana. No es la típica chica por la que te girarías si te la cruzas por la calle pero si tienes la suerte de ponerte, aunque sea por casualidad, en contacto con sus ojos, a buen seguro estarás un buen rato preguntándote qué demonios guarda ahí esa niña de pelo rubio, rizado y sonrisa astuta. Adriana procede de una familia desestructurada. Vivió entre dos mundos desde muy pequeña y a veces se la ve ausente. Pareciese incluso que, en ocasiones, le falte poco para quemarse como una cerilla. Es una chica de ciencias: inteligente, eficaz y pragmática. Apenas supera la veintena de edad pero tiene claros sus objetivos en la vida y cómo conseguirlos, y eso, sin llegar al cuarto siglo de vida, ya es un gran paso. Tiene un novio muy diferente a ella pero que la respeta y la cuida cuando los días no le salen bien. Le gustan las camas mulliditas y cuando está un poco jocosa suele meter el dedo en la llaga, aunque sin mala intención. Estas Navidades serán buenas, quizá el prólogo de todo lo bueno que va a venir después y es que, la justicia poética no sólo habla de castigos.

Daniela es revolución. Es un pez grande, gigante, en un estanque pequeño. No es la más guapa del barrio pero lo cierto es que no necesita serlo. Es una esponja y se dedica a leer, observar y dibujar todo lo que el mundo tiene preparado para ella, que es mucho. Podría tener en el negocio familiar la salida fácil: una vida tranquila y sin agobios, pero ella no quiere eso. Ella quiere ir a la gran ciudad. Es ambiciosa, soñadora y no le gusta contarle sus planes de futuro a los demás por si se gafan. Recomienda libros, pero jamás los deja porque son suyos. Es su mundo, un pedacito de ella misma que no está dispuesta a compartir. Fuma desde hace años. Fumar para ella es algo con clase, interesante, de película. “Un acto dramático”, según dijo un día, aunque todos esos atributos, aunque no lo sepa, ya los tiene de serie sin necesidad de meterse nicotina en los pulmones. Es la mujer por la que uno debería apostar siempre. Por la que sentirse orgulloso al presentársela a tus padres. Es impulsiva y responsable a la vez. Y aunque estuviese en el contexto adecuado, le faltarían horas al día para experimentar todas las sensaciones que quiere tener a su alcance. Daniela no quiere ser cola de león ni cabeza de ratón. Ella quiere ser cabeza de león. Tan sólo tiene que cambiar el marco.

Cada noche es interminable en la cabeza de Martina. Hace unas semanas le robaron algo muy preciado y desde entonces no ha sido capaz de conciliar el sueño. El insomnio y el recuerdo le están empezando a ganar la batalla a su cuerpo. Ella, una mujer del Siglo XXI, idealista, de las del puño cerrado y bien alto, se encuentra, de repente, sin salida. Nadie le avisó de que el amor pudiese doler tanto. Martina es rubia, alta y soñadora. Se curtió en una familia difícil pero comprometida y eso le granjeó una injusta fama de chica fría y sin sentimientos. No muestra su sensibilidad a cualquiera y muy pocos pueden llegar a conocerla de verdad. En la madrugada encuentra una de esas voces que suelen aparecer cuando realmente importa. Ese confidente nocturno le dice que tiene todas las herramientas necesarias para poder salir del exilio subterráneo en el que tiene enterrado su corazón. Ella sonríe, bebe un poco en busca del bostezo y brinda mientras busca en el nuevo año una sola palabra: esperanza. Lo que le permita pasar página para seguir adelante con su vida.

CAPÍTULO 8 – ENERO

Diciembre siempre fue un mes malo. Diciembre ha sido, históricamente, el mes de la pérdida. El mes de la negación. De vaciar botellas y de castigar el hígado. En diciembre perdí a Henar y también a Lucía. Y en enero tocaba esconderse. Dejar la herida al aire para que desinfecte y empiece a sanar. Las heridas necesitan inviernos fríos para cicatrizar. Y para ello es necesaria la soledad. Siempre pensé que yo no sufriría el síndrome del escritor maldito. Jamás me imaginé que tendría que beber prácticamente todas las noches antes de dormir para poder conciliar el sueño. Y ni por asomo llegué a pensar que mis problemas eran más importantes que los problemas de los demás. Se me hace muy complicado no creer en nada. Renunciar a los objetivos. Dejar de apostar por la gente. No sé, quizá mi problema sea que nunca llegué a desintoxicarme del todo.

CAPÍTULO 7 – ELLAS

Recibo un mensaje de madrugada, de una amiga. Una llamada de auxilio. “No puedo más. Es que es todo tan complicado. Unas cervezas ya”, me suelta, buscando petróleo, y encontrándolo, en dos de mis debilidades: el insomnio y el alcohol. “¿Te doy un consejo?”, contrarresto rápidamente a su desesperado intento de entender mejor tanto al amor como a las mujeres. “Sí”, me responde. En ese momento, para mi desgracia, lo veo claro. A toro pasado, me siento como un tipo que, ya en la vejez, repasa su vida y se da cuenta de los errores que ha cometido. Supongo que es más fácil verlo todo cuando ya no eres tú el que se juega el pellejo.

“Haz lo que sientas en ese maldito momento, no seas como yo”, advierto a mi amiga, que atónita me mira ensimismada. “Mira, yo pude besarla y no lo hice. Fui cobarde y tuve miedo. Y no sé, quizá eso hubiese cambiado las cosas. O quizá no. Eso ya nunca lo sabré. Sé que tu situación y la mía no tienen demasiado que ver, pero en algo sí nos parecemos y es que a los dos se nos presentó la oportunidad de tener cerca a una mujer maravillosa. Y yo no supe aprovecharlo. En tu mano está no cometer el mismo error”, concluí mientras se secaba las lágrimas que resbalaban por sus rosadas mejillas. Me despedí de ella con un abrazo de esos que duran una eternidad y con la sensación de que sí, de que con el consejo adecuado igual las cosas nos podrían haber salido bien.

CAPÍTULO 6 – SEMAFORISMOS

Un hospital en agosto. No hay peor sitio para estar que en esa época del año. De repente estaba con dos amigas tomando algo en el centro, recibí una llamada y todo se volvió muy confuso. Mi madre estaba ingresada, me dijeron. Una hora después estaba en urgencias, con ella. Totalmente solos. En ese momento, en la soledad de aquella habitación, recibo un mensaje de Henar. Llevábamos semanas sin hablar. Estaba cerca de cumplirse un año desde el día en que nos conocimos. El mensaje era escueto pero claro: aunque no lo creas, estoy aquí. Contigo. Siempre que lo necesites.

El infortunio me daba otra oportunidad, pensé. Pero no. Tapar las heridas con una venda no va a hacer que se curen. Con Henar tuve un epílogo bonito. Precioso. De esos de cuento. Terminó bien, o eso creía yo, como todo primer amor debe acabar: con un beso en el ascensor y una sonrisa antes de desaparecer y no verla nunca más. Porque a Henar no volví a verla. O al menos a la Henar de la que me enamoré. Me la encontré en multitud de ocasiones. En la parada del autobús o en la facultad con su nuevo novio. Pero esa no era Henar. Y yo, sangrando, tampoco era el de antes.

Y una tarde de enero, por uno de los pasillos de mi universidad, apareció una chica, otra, con una sonrisa encantadora. Un rato después salió llorando del despacho de una profesora, se disculpó por la escena, y, al andar, pude notar los cristales rotos en su interior. Con el costado lleno de sangre pero atraído por el sonido a vidrio que desprendía su corazón. Así conocí a Lucía.

CAPÍTULO 5 – NINFAS

Desde pequeño siempre me fascinaron las ninfas. A mí tía Gabriela le encantaba la mitología y había visitado Grecia durante su juventud en multitud de ocasiones. Las primeras lecturas me las proporcionó ella, tanto con los famosos pictogramas como con las historias homéricas de héroes griegos. Mi preferido era Áyax, uno de los guerreros más fuertes de todos los que participaron en la Guerra de Troya. Fue el único que no recibió ayuda de ninguno de los dioses durante la batalla y de hecho su falta de fe resultó ser la principal causa de su muerte. Y sí, Áyax era el mejor, pero nada ni nadie pudo superar mi interés por esas atractivas ninfas.

Con los años fui olvidándome de todo lo relacionado con las epopeyas griegas. Mi interés por las historias que las ánforas contaban se habían disipado. O eso creía yo. Hasta que un buen día se cruzó en mi camino una ninfa. No piensen que he perdido la cabeza. Entiéndanme. Me refiero a una ninfa moderna. Por supuesto, al instante me sentí seducido por ella. ¡Como para no hacerlo! La misteriosa ninfa era diferente a todas las demás mujeres que había conocido. Normal por otra parte, ya que las ninfas no son humanas. Recuerdo que, tras hablar con ella durante un buen rato, me descubrí hablando de Lucía y lo más importante: haciéndolo en pasado. En ocasiones, necesitamos tan sólo un empujoncito, aunque sea de un ser mágico.

CAPÍTULO 4 – HENAR

La primera vez que tuve contacto con Henar fue el último día de agosto del año 2012. Faltaban menos de tres meses para el fin del mundo que habían pronosticado los mayas y mis padres acababan de irse al pueblo a pasar las fiestas. A mi casa había llegado Alberto que, a falta de que le dieran las llaves de su nuevo piso, se quedaría a dormir antes de presentarse a los exámenes de septiembre. No recuerdo cuántas asignaturas aprobamos en esa convocatoria, pero les aseguro que fueron poquísimas. Con 20 años no nos interesaba estudiar. Lo único que queríamos era beber y estar fumados todo el día. Nuestros deseos no distaban mucho de los de cualquier postadolescente.

Y en ese contexto llegó Henar para cambiarlo todo. Cuatro semanas después de saber de su existencia ahí estaba, en mi portal. Esperándome. Llevaba unos vaqueros ajustados, un jersey de color lila y la clásica parka verde que todas las mujeres se pondrían ese otoño. Nada más verla no pude hacer otra cosa sonreír. Estaba preciosa. Hasta ese momento jamás había estado tan nervioso pero no iba a pecar de falta de ambición. En esta ocasión no me conformaba con no parecer idiota. Noté nerviosismo en su mirada pero nos fundimos en un abrazo. El corazón le latía muy rápido. Fuimos a dar una vuelta aprovechando la bonita tarde. Era 30 de septiembre.

CAPÍTULO 3 – HABLAR

Hablar. Llega un momento en el que sólo quieres hablar pero ya no tienes a nadie para hacerlo. Hoy en día ya nadie se habla de verdad. En mi caso yo tenía a Lucía. Pero con Lucía no podía hablar. No podía hablar con Lucía sobre mis problemas. Lucía era parte del problema. Parte activa además. Renunció al anillo así que ella estaba fuera de la ecuación. Y con la persona que mejor me comprendía a más de 2000 kilómetros de distancia, los amigos del instituto quedaban ya muy atrás. Me alegraba por ellos pero les tenía cierta envidia. Envidia sana, sí, pero en envidia al fin y al cabo. Tenían un trabajo y un sueldo mucho mejor que el mío. No estaban realizados pero, ¿quién coño está realizado a los 23 años? Les iba bien, o al menos mucho mejor que a mí.

Los compañeros de trabajo tampoco me servían. Perteneciesen o no a la misma generación que yo, casi todos estaban igual de atrapados. Gastar los días en emborracharnos era algo que se alejaba de lo productivo pero al menos hacía que no pensásemos demasiado. Uno de ellos me dijo una vez aquello de que ‘la gente es un asco, pero de vez en cuando aparece alguien que merece la pena o que al menos es agradable para beber’. Tenía razón. Quizá se trataba de eso. De que, algún día, apareciese una persona. Alguien que no supiese nada mí. Que desconociese lo que llevaba tras mi espalda. Alguien que no me juzgase. Alguien con quien hablar de verdad.

CAPÍTULO 2 – LUCÍA

La primera vez que vi a Lucía supe que era diferente. Ella fue la que me dijo una vez que era único haciendo sentir especial a una mujer. En su caso, creo que no tuve que esforzarme demasiado. Bastó con mirarla unos segundos para darme cuenta de que estaba ante una auténtica preciosidad. Tiene algo en su mirada. Algo que me es imposible describir pero que acaba hipnotizando. Recuerdo que cuando la conocí tenía lágrimas en los ojos -en ninguna otra ocasión la he visto llorar- y pedía a gritos huir. De todo y de todos. Pero siempre se empeñó en quedarse y jamás me tomó en serio. Ese era uno de sus problemas. Uno de tantos. No era una persona fácil pero, siendo totalmente honesto, yo tampoco lo he sido nunca.

No sé en qué momento uno decide que X persona es la mujer de su vida pero yo lo tenía claro. Lo había soñado, de hecho. Aunque pudiese parecer un completo disparate para mí tenía mucho sentido. Conozcan a alguien. Conózcanle de verdad y a continuación díganle que renuncie a su sueño. Pues imagínense si es usted mismo el que tiene que decirse eso de ‘renuncie a su sueño’. Era demasiado duro. No iba a permitirme hacer eso. Tenía que llegar hasta el final. Si debía hundirme tendría que empujarme ella al fondo del mar. Y eso, desgraciadamente, no iba a ser fácil. Para que se hagan una idea: Lucía tenía lo mejor de Naoko y lo peor de Midori, lo que le convertía en una auténtica bomba de relojería. Siempre lo hacía todo a medias. Nunca se quedó pero jamás terminó de marcharse. Y tampoco pareció que al entregarle el anillo eso fuese a cambiar.

CAPÍTULO 1 – MARACUYÁ

Helena me mira con aire divertido mientras me como el helado de vainilla. Acaba de conocer la mejor heladería de toda la ciudad y se ha pedido uno de maracuyá. Y yo con uno de vainilla. Definitivamente soy idiota. Es una buena amiga -la mejor que puede haber, de hecho- y me deja probarlo. En cuanto ese helado de maracuyá llega a mi boca durante unos segundos se me olvida absolutamente todo lo que hecho anteriormente, que no es baladí precisamente. Helena, a la que el verano le sienta la mar de bien realzando su tez morena, me pregunta cada cierto tiempo que si estoy seguro de lo que voy a hacer, regulando mi estado de ánimo. Sí, vale, le acabo de comprar un anillo a una chica. Sí, tengo 23 años y soy demasiado joven para ir comprando anillos por ahí. Y sí, todavía Lucía y yo no estamos juntos. Probablemente jamás lo estemos, pero para mí es importante ese anillo. Ese anillo simboliza abrir una etapa. O cerrarla. Significa avanzar. Y necesito avanzar.

Helena y yo volvemos al barrio y nos tomamos varias cervezas en el bar de siempre. Nos atiende Toni, el mejor camarero que me ha atendido jamás. Uno de esas personas que te entiende con sólo una mirada. Y creedme, de esas hay pocas. Llevo yendo a su bar desde que tenía 16 años. Muchas personas se han ido durante todo este tiempo pero la birra y su complicidad siempre han estado ahí ya fuese invierno, verano, martes o sábado. Estuviese feliz o deprimido.

Dejo en casa a Helena y al llegar a mi casa me doy cuenta de que es lunes, 31 de agosto. ¿Qué quiere decir eso? Que tan sólo queda un mes para el 30 de septiembre y me dispongo a hacer el mismo ritual de todos los años: me dirijo a mi habitación y abro el cuarto cajón de mi mesa de estudio. Ahí está ‘Sputnik, mi amor’, una novela de Haruki Murakami. No es, ni de lejos, una de mis preferidas, pero lo que realmente busco está en el interior del libro. En una carta. Bueno, mejor dicho: busco ‘la carta’. Jamás he guardado con tanto mimo un trozo de papel. Entre las páginas 108 y 109, para ser más exactos. Doce meses antes ya había perdido todo rastro de olor a vainilla pero todavía, al abrirla, seguía teniendo la esperanza de encontrarme con un poco de esa fragancia que tres años antes me atrapó. Quise abrirla pero no pude, quedaba todavía un mes para poder hacerlo y las tradiciones había que respetarlas. Además, había cosas más importantes en ese momento. El día siguiente debía hacerle entrega a alguien de un anillo.